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La moneda

Por Carlos A. Daquino Antillanca /// Como una moneda que, con una suerte de inercia cae siempre del mismo lado, sin polarización previa, el jugador confía ciegamente en su racha. Aunque pierda en su elección, seguirá contento con ver la misma cara.

Esto se modificó hace casi 2 años. Nuevo ciclo. Nueva era. Esta vez en la moneda nacional,  toco seca.

Claro que darle el voto a los encargados del destino nacional no es materia de suerte. Tampoco, teniendo en cuenta la nueva hegemonía, los hace acreedores de una chequera en blanco. Con el estandarte de la alegría, no se derrotan las penas de siempre.

Lo que otorga este cambio de aire, además de un nuevo paso hacia la consolidación de una democracia ininterrumpida de solo 34 años de edad, es un nuevo enfoque en la manera de resolver: el nuevo modelo político, debe responder hoy a inquietudes nacionales de larga data insatisfechas, conflictos de intereses, demandas por transparencia, la inserción social del tercio más relegado de la población, además de conformar consenso y políticas a largo plazo.

Asistimos a un nuevo actor político, no tradicional. Que se nutre de un  componente fundamental en la historia política nacido hace más de un siglo, debiendo idear nuevos acuerdos que puedan fortalecer, con sus centenarias raíces al futuro, sin dejar de lado el pensamiento humanista, innovador, y desarrollista de su germen.

Convivimos en una sociedad más comprometida con el lugar donde le toco realizarse, más informada, comunicada y racional. Ya no siente el síndrome de Estocolmo ante las reiteradas y falsas ilusiones de bienestar. Esta consciente de su realidad cotidiana. No deja lugar ni tolerancia a los abusos, la violencia y el saqueo de los administradores electos. Ha dejado de patalear y pelear para emitir palabras y defenderse en las urnas.

Si la sociedad argentina está saliendo de su adolescencia, tendremos que renovar esfuerzo y la memoria política para que los gobernantes elegidos hagan el tránsito a su madurez de la forma más complaciente posible.

Aquí creo que debe ejercer un rol importante la previsibilidad, tanto del sector público como del privado. Construyéndose un lazo virtuoso entre todos los actores sociales.

Sin entrar en un paternalismo mesiánico, el Estado debe contribuir con sus actos, discursos y políticas a desarrollar un papel moralizante que sirva de ejemplo, coherencia y brinde la noble conducta de imitación y reflejo de sus ciudadanos de bien.

Debemos, tomando la alocución de Borges, tratar de no alentar una guerra de caníbales. Donde se acerque la venganza y se aleje aún más la Justicia.

Solo así se podrá confirmar o no si estamos edificando una democracia más honesta y perdurable.

Por Carlos A. Daquino Antillanca

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